Había allí una atmósfera rara; sin embargo, seguían haciendo lo que les tocaba hacer, intentando ignorar lo inevitable, que se acercaba como un animal invisible, hambriento, implacable.
Eran casi las tres de la madrugada y lo único que faltaba era encontrar el final perfecto. Protagonista y autor se levantan y caminan despacio hasta la ventana abierta. El viento anunciaba la tormenta que a lo lejos crecía oscura. “¿Te mato?”, le pregunta el creador a la criatura. “Haz lo que quieras. Total, los dos morimos aquí, ¿no es cierto?” El silencio se rompía de vez en cuando con algún relámpago. “Quisiera volar”, le dice la víctima a su asesino. “¡Vuela! Te acompaño”. El protagonista se tira, desapareciendo lentamente en la última página.
quinta-feira, 18 de dezembro de 2008
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